Cuando era más chico e
inmaduro, me jactaba usando poleras negras de bandas que podían parecer más
duras a ojos de mi mamá; escuchando tarros, como decían mis tías. Me cargaba
todo, me cargaba el Synth ochentero
de mi mamá y las baladas folk de Silvio Rodríguez que mi papá cantaba cada
domingo.
Quizás fue rebeldía, aun
no logro hacerme un psicoanálisis al respecto, el punto es que me cerraba
demasiado a las posibilidades y también, a los variados sabores que puedes
percibir al oír diversos estilos.
Con el pasar de los años,
fui ampliando mi repertorio e incluso pasé por variadas etapas: desde el horror
punk al Jpop, aun así no me lograba
conquistar mayormente por la música en español, a excepción de los clásicos
ochenteros que casi todos acá parecen conocer.
En mis últimos años de
colegio, recibí mucha influencia de mis primos mayores que ya estudiaban en la
universidad, conocí a bandas que a mis ojos parecían rebuscadas y que ahora
comprendo que cualquiera con internet puede conocer. Esos fueron mis primeros
acercamientos al mundo pop nacional: lo bailable de Teleradio Donoso, lo
visceral de la Camila Moreno e incluso clásicos como Los Jaivas.
Al aceptar y asumir que
nuestro país podía generar música que al menos a mi gusto parecía buena,
comencé a disfrutarla con más conciencia y a la vez a investigar al respecto,
conociendo diversos exponentes de distintos estilos.
Cuando salí del colegio
ya era capaz de llorar con lo que quieras de los Dënver, volverme loco con la
Mena, tararear a la Fran Valenzuela, ya que en esa época incluso salía en
comerciales. Al mismo tiempo, comencé a identificarme en los artistas, ellos no
tenían más de 15 años que yo, lo que me hizo darme cuenta que sus realidades no
eran tan distintas a las mías.
Quizás no crecí con el
peso social de Los Prisioneros, pero si era probable encontrarme en algún carrete
con el Gepe, los Planeta No o incluso los Prehistoricos; y en el mismo contexto
al pensar en Los Prisioneros, hizo darme cuenta de otra cosa: Nuestra
generación no tiene identidad.
Nuestros padres y
abuelos, son capaces de recordar el Rock del Mundial de Los Ramblers o de La
Voz de los 80 de los Prisioneros, iconos en su época y sumamente importantes
para sus coetáneos, pero ¿qué nos representa en la actualidad?
Nada, nada puede
representar a algo tan amplio. Las redes sociales han servido para posicionar a
nuestros artistas a nivel internacional, llevándolos a festivales tan importantes
como el Primavera Sound en Mexico, el Sonar en España y el SXSW en Estados
Unidos; asimismo estas han generado una diversa importación de artistas tan
alejados como puedan imaginar.
Pero, a la larga esto no es
ni la punta del problema. El problema es Chile, el problema somos nosotros.
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