jueves, 27 de octubre de 2016

¿Qué aprendí escuchando música?



Cuando era más chico e inmaduro, me jactaba usando poleras negras de bandas que podían parecer más duras a ojos de mi mamá; escuchando tarros, como decían mis tías. Me cargaba todo, me cargaba el Synth ochentero de mi mamá y las baladas folk de Silvio Rodríguez que mi papá cantaba cada domingo.
Quizás fue rebeldía, aun no logro hacerme un psicoanálisis al respecto, el punto es que me cerraba demasiado a las posibilidades y también, a los variados sabores que puedes percibir al oír diversos estilos.
Con el pasar de los años, fui ampliando mi repertorio e incluso pasé por variadas etapas: desde el horror punk al Jpop, aun así no me lograba conquistar mayormente por la música en español, a excepción de los clásicos ochenteros que casi todos acá parecen conocer.
En mis últimos años de colegio, recibí mucha influencia de mis primos mayores que ya estudiaban en la universidad, conocí a bandas que a mis ojos parecían rebuscadas y que ahora comprendo que cualquiera con internet puede conocer. Esos fueron mis primeros acercamientos al mundo pop nacional: lo bailable de Teleradio Donoso, lo visceral de la Camila Moreno e incluso clásicos como Los Jaivas.
Al aceptar y asumir que nuestro país podía generar música que al menos a mi gusto parecía buena, comencé a disfrutarla con más conciencia y a la vez a investigar al respecto, conociendo diversos exponentes de distintos estilos.
Cuando salí del colegio ya era capaz de llorar con lo que quieras de los Dënver, volverme loco con la Mena, tararear a la Fran Valenzuela, ya que en esa época incluso salía en comerciales. Al mismo tiempo, comencé a identificarme en los artistas, ellos no tenían más de 15 años que yo, lo que me hizo darme cuenta que sus realidades no eran tan distintas a las mías.
Quizás no crecí con el peso social de Los Prisioneros, pero si era probable encontrarme en algún carrete con el Gepe, los Planeta No o incluso los Prehistoricos; y en el mismo contexto al pensar en Los Prisioneros, hizo darme cuenta de otra cosa: Nuestra generación no tiene identidad.
Nuestros padres y abuelos, son capaces de recordar el Rock del Mundial de Los Ramblers o de La Voz de los 80 de los Prisioneros, iconos en su época y sumamente importantes para sus coetáneos, pero ¿qué nos representa en la actualidad?
Nada, nada puede representar a algo tan amplio. Las redes sociales han servido para posicionar a nuestros artistas a nivel internacional, llevándolos a festivales tan importantes como el Primavera Sound en Mexico, el Sonar en España y el SXSW en Estados Unidos; asimismo estas han generado una diversa importación de artistas tan alejados como puedan imaginar.
Pero, a la larga esto no es ni la punta del problema. El problema es Chile, el problema somos nosotros.

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