Las identidades más ocultas que puedes encontrar en lo
más recóndito del puerto, están representadas en carretes y edificios
olvidados.
Al encontrar mi identidad
musical definitiva, ya estando en la universidad, comencé a ser más
quisquilloso al elegir un lugar donde ir de fiesta, pues el copete dejó de ser
el componente principal en mis veladas. A pasos de la plaza Echaurren en
Valparaíso y en pleno Barrio Puerto, encontré a Morgana, discoteque alternativa
centrada a un público underground y
que reúne todos los fines de semana a lo menos visible de la sociedad.
Cada personaje que asiste
a este recinto tiene una historia propia; como la muchacha transgénero que está
parada en la entrada, que viste harapos negros, excesivo delineador del mismo
color y que con una temple ronco, vende jales
al hombre cincuentón de voz aguda, contextura gruesa y que durante el día
ofrece hospedaje afuera del terminal de la ciudad, a diferencia de las noches,
donde vive en soledad su propio carrete fuera del club.
En esa misma entrada,
apareció un rallado que llama la atención de quien pase por ahí y ponga un poco
de atención: “NO AL LUCRO CON EL PUNK”
reza con un spray rojo en la puerta sobre la puerta metálica.
Dicho espacio se define
en el saber popular por tres puntos específicos: lo primero es el mito urbano de
ser uno de los peores antros de la ciudad, también por el tipo de música que se
toca: desde el new wave al industrial, tipología musical
electrónica que se mezcla con sonidos dark
y porque sirve de refugio durante las noches de fin de semana a jóvenes que
habitan casas okupa o tienen estéticas oscuras, cercanas al punk o el gótico.
El sonido y lo bajo de
los precios del licor, como el popular vaso de cerveza de medio litro a setecientos
pesos o la piscola a luca, hicieron
que el lugar fuera poblado por otro tipo de gente y pareciendo más accesible al
carretero común.
Al irse haciendo popular,
empezó a orientarse a otros públicos; suavizó su sonido característico,
mezclándolo con indie pop y comenzó
cobrar una cuota para hacer ingreso al local, situación que quitó fidelidad a
su público original y bajó notoriamente el número en su clientela, pues uno de
sus plus era ser prácticamente el único local alternativo en la ciudad que no
requería dinero para poder ingresar.
De ese modo, las
constantes peleas a las afueras fueron atenuadas, el ambiente de distorsión y
excesos de las calles aledañas también fue en disminución, pero en algunas
noches la afluencia de público no superaba las treinta personas entre las dos
pistas.
Morgana es una gran
experiencia como tal casi siempre, incluso si no eres parte de la audiencia
objetiva; esta puede ser positiva o negativa, pero experiencia a pesar de todo.
Puedes dejarte llevar por la música, salir drogado o, en el peor de los casos,
estar tan borracho que alguien te encierra en el baño y te besa sin tu
consentimiento, como me pasó a mí.
El espacio en donde se
hacían constantemente tocatas punk, fiestas en honor a la popular transformista
Hija de Perra, donde cualquiera entraba gratis y bailaba a su pinta, donde
podías encontrar a lo más raro de la fauna juvenil del puerto, se había
capitalizado y al parecer a la administración no pareció molestarle.
El apogeo popular del
lugar hacía vaticinar su inevitable declive, adelantó una realidad que se veía
venir: Al igual que muchos edificios en Valparaíso, el que acogió al espacio
durante años, será demolido al corto plazo y su cierre, o cambio es inminente.
Todos esos momentos en
donde conocí gente agradable y otra que no tanto, esas noches donde quedé casi
desnudo de tanto bailar, perdí ropa y dignidad, se quedarán en los restos de
concreto y metal que habrán después de
su destrucción.
Valparaíso, una ciudad llena
de jóvenes, tanto universitarios y simples provincianos que aburridos de la
rutina de sus vidas, visitan o incluso habitan la ciudad en búsqueda de
adrenalina, nuevas experiencias y carrete. Morgana es un emblema de lo bizarro,
una oda al sector más punk del puerto, a la falta de vergüenza y que poco a
poco va desapareciendo.
Lo que a criterio
personal es lo más interesante de este rallado, son las historias que guarda y
suceden en este mismo espacio, pues la gente que carretea ahí o en lugares aledaños, como el mítico bar Las Cachas Grandes, pasa gran parte
del tiempo en la calle, bebiendo cervezas, compartiendo cigarros, incluso hay
personas que no entran a los locales y simplemente quedan sentados en la
vereda.
Noches en las que fui al
antro underground, pero no sentí que
valía la pena pagar una entrada o simplemente no tenía el dinero, me quedé por
horas afuera conversando, bebiendo o incluso fumando hierba, ya que nadie
cuestiona estas actitudes en la vía pública, pues estas calles parecieran no
tener dios ni ley.
Caminando por calle
Clave, puedes encontrar muchas historias de distorsión y marginalidad, cercana
a sucesos de desastre como los ocurridos en sus transversales, Cochrane y
Serrano, es una ubicación que no muchos porteños se atreverían a recorrer
solitarios a altas horas de la noche. Incendios, asesinatos, drogadictos, mendigos
y personas que parecieran haber perdido su rumbo, es lo mínimo que puedes
encontrarte si transitas por ahí en ese horario.
Pero dichos problemas,
representan a una identidad que nace en la juventud de lo más marginal del
puerto y que prefiere, vivir libre a vivir cómodo y tranquilo.
En síntesis, irrelevante
de si el local abrirá en otra ubicación
o no, el problema es mayor y es algo que se repite en esta ciudad, pues siempre
sucede lo mismo: edificios patrimoniales y lugares llenos de recuerdo en mal
estado, que en vez de ser mantenidos y restaurados, simplemente son demolidos, destrucción
física que también entierra a las memorias de los habitantes y asistentes,
junto a los escombros de la edificación.


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